domingo, 30 de mayo de 2010

CUANDO EL PAIS ERA UNA FIESTA

Publica: Andres Penachino

Hace exactamente un siglo, el diario publicó un suplemento que hizo historia
Cuando el país era una fiesta

El 25 de mayo de 1910, la República Argentina era más que un país: era una fiesta de la historia y del sentimiento patrio. No sólo por el entusiasmo y el fervor con que la población y los gobernantes habían unido sus esfuerzos para celebrar el primer centenario de la patria, sino también porque nadie dudaba ya de que el país había alcanzado niveles de pujanza, desarrollo y esplendor que lo estaban llevando a una posición descollante en el conjunto de las naciones hispanoamericanas.


El mismo día en que el país cumplía cien años, el diario LA NACION decidió celebrar el acontecimiento con la publicación de un suplemento periodístico de excepcionales proporciones, que tenía casi mil páginas y que incluía sustanciosos textos, así como un amplio despliegue de grabados y fotografías. Basta una mirada a esa monumental edición conmemorativa, hoy conservada celosamente en los archivos, para tener una idea de lo que significaba como aporte cultural destinado a realzar y potenciar la significación histórica de aquel primer centenario de la patria.


Colaboraban en esa excepcional publicación algunas de las personalidades más prestigiosas de la vida intelectual, política, literaria y periodística de nuestro país. Entre otros, escribían en ese monumental suplemento Joaquín V. González, Osvaldo Magnasco, Leopoldo Lugones, Florentino Ameghino, Rubén Darío, Carlos Octavio Bunge, Calixto Oyuela, Ricardo Rojas, Enrique García Velloso y Pastor Obligado, por mencionar sólo a algunos.


La publicación se abría con un lúcido y extenso trabajo de Joaquín V. González, titulado "El juicio del siglo". Lo que trataba de desarrollar era algo así como una crónica del imaginario juicio histórico que los argentinos debían necesariamente formular ante sí mismos al cumplirse el primer siglo de su trayectoria como nación independiente.


Explicaba el autor las dificultades que había tenido que sortear para cumplir esa tarea. Y recordaba que hasta el historiador argentino más acaudalado en documentación histórica -se estaba refiriendo, fuera de toda duda, al general Mitre- "había empleado casi la totalidad de su fecunda existencia en la tarea de acumular y ordenar los materiales que requería la empresa en la que estaba empeñado". Recordemos que Mitre había fallecido en 1906, cuatro años antes del centenario.


Observaba también Joaquín V. González que tanto Mitre como Vicente Fidel López -el otro historiador de reconocida importancia dedicado a la investigación del pasado nacional- habían tenido que sustituir en un determinado momento el lenguaje histórico por el autobiográfico: es que ambos historiadores habían sido, en buena medida, actores de los propios hechos que estaban narrando.


Eso lo lleva al articulista a reflexionar sobre la misión del historiador y las dificultades con las que debe luchar, y a recordar que todo estudioso de la historia atraviesa siempre un infierno cuando le toca cotejarse con la literatura candente del panfleto, del pregón, de la diatriba, de la proclama o del reto constante de cada facción a sus respectivos adversarios.


Según Joaquín V. González, a principios del siglo XIX el continente americano se hallaba preparado ya para afrontar una lucha victoriosa por su independencia. Se había creado un "Estado revolucionario" que estaba preparado para manifestarse apenas las circunstancias se tornaran propicias. Como las grandes tempestades, la revolución que estalló en el siglo XIX se había ido anunciando por medio de sucesivos rayos, relámpagos y estallidos parciales desde un siglo antes.


Joaquín V. González culmina con el análisis del momento en que trabajosamente se produjo la alianza de fuerzas heterogéneas que permitió llegar a la batalla de Caseros y abrió el camino hacia la definitiva unión nacional. El acuerdo, la conciliación y el espíritu de unidad que en vano se habían estado buscando desde 1820 se lograron a partir de la caída de Rosas. Eso permitió que la ley infalible del progreso y la libertad fuera por fin una realidad para los argentinos.


El artículo de Joaquín V. González incluye todavía esta precisa reflexión: "Tras haber dado al mundo un alto ejemplo con el derrocamiento de una tiranía anacrónica, se crearon las condiciones básicas para la proclamación definitiva de la unión nacional y, desde ese día, la Argentina empezó a ser iluminada por el sol de una nueva era, por el sol de la grandeza futura, que ya nunca más dejó de brillar, hasta hoy, en el cielo de la patria". No olvidemos que esto fue escrito en 1910.


La edición homenaje que LA NACION dedicaba al Centenario incluía diferentes textos evocativos o reivindicatorios de determinados aspectos de la historia y de la realidad nacional. "Resumen histórico", un artículo que lleva la firma de Joaquín de Vedia, incluía una crónica minuciosa de la historia de la Argentina, que partía de la llegada de Cristóbal Colón.


El escritor y periodista culminaba su análisis con esta reflexión: "Después de Caseros, que dignificó la victoria de la razón y la razón de la victoria, quedó en claro que el camino hacia la construcción de las instituciones nacionales debía surgir del diálogo entre las dos personalidades públicas que encabezaban las únicas fuerzas que habían quedado en pie tras la oscura noche del caudillismo y la tiranía. Esas personas eran Urquiza y Mitre.


Cuando en 1862 Mitre fue elegido presidente de la República y cuando logró completar, seis años después, su mandato, quedó inaugurado el ciclo de las renovaciones constitucionales según el régimen establecido en 1853".


Entre los artículos que cubrían áreas más específicas merece ser señalado un estudio sobre geología, paleogeografía, paleontología y antropología, escrito por Florentino Ameghino. Las relaciones entre fe religiosa y cultura eran el tema de otro interesante trabajo, titulado "El clero y la República" y firmado por el joven y ya prestigioso sacerdote Miguel de Andrea. "La música argentina" era el título de otro valioso trabajo. Su autor era Alberto Williams.


Se pasaba de un sólido y bien fundado artículo sobre el desarrollo de la agricultura y la ganadería o de un estudio técnico sobre la historia de la renta aduanera a la colorida prosa poética de Rubén Darío, cuyo famoso "Canto a la Argentina" irrumpía en el papel y quebraba, así, la aridez del comentario económico o institucional. Se pasaba, asimismo, de un ensayo sobre el papel que estaba llamada a cumplir la mujer en la sociedad argentina -firmado por Ernestina A. López- a la prosa sabia de Ricardo Rojas.


El capítulo de la inmigración se desdoblaba en sucesivos artículos dedicados a las diferentes colectividades nacionales que se habían sumado a la construcción de la Argentina. Los españoles, los italianos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los austrohúngaros, los suizos, los belgas, los rusos y los representantes de muchas otras nacionalidades eran motivo de notas que, en muchos casos, se publicaban en prolijas y cuidadosas versiones bilingües.


El monumental volumen que LA NACION puso en manos de sus lectores el 25 de mayo de 1810 se propuso mostrar la imagen multiforme y total de un país que se había puesto definitivamente de pie y estaba ya en marcha, de cara al futuro y con un claro sentido del rumbo histórico que debía tomar. Esa era la Argentina que salía a buscar su lugar en la historia.


Una Argentina integrada en el mundo, una Argentina asombrosamente pluralista, una Argentina que había convertido en realidad los ideales y los sueños de Mayo de 1810.


© LA NACION

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